Entre clases salí a tomar un café. Había sido un día agotador, estaba muy cansada y el café ni me hacía efecto. Viste esos momentos en los que hasta tenés dolores raros. Me dolía la planta del pie derecho y quería salir de mi cuerpo como si tuviera otro lugar adonde ir.
Me quedaban quince minutos para volver y no sabía qué hacer. Tenía el celular a mi lado, pero no lo quería usar; me dolía un poco el lado izquierdo de la cabeza. Malditos dolores raros. Planta derecha, frente izquierda, un equilibrio horrible. Fui al baño a refrescarme la cara con agua fría.
Sentir el agua fría me hizo reaccionar un poco, tan solo un poco.
Mientras me tiraba agua, entró una chica hablando por teléfono. Decía:
—Y por eso desaprobé. El profesor no tiene pedagogía, es ingeniero en no sé qué y exige mucho, no se da cuenta de que no nos da para tanto. Está sobrecapacitado y cree que nosotros podemos entender las cosas complejas de la química.
Nunca entendí por qué tanta gente vive la exigencia como una agresión. A mí siempre me pareció que si no te exigen es porque te subestiman.
Además, me hizo gracia esa última palabra: sobrecapacitado. Nunca nadie está sobrecapacitado.
Mientras pensaba esto me quedé quieta, como en pausa. con las manos mojadas, como una estatua sobre la que hubiera llovido.
Nunca se me ocurrió confrontar con una adolescente, pero soy profesora, exigente, y me salió de adentro.
Por eso, en cuando cortó, le dije:
—¿Prefieren a alguien que no les exija nada porque los subestima? ¿Por qué creen que no valen la pena? ¿Eso es lo que están pidiendo?
Me miró sorprendida.
—Se nota que vos nunca te quedaste afuera de nada —me dijo.
—Todos nos sentimos afuera alguna vez —le contesté—. Eso no es motivo…
—Pero yo vivo afuera, yo soy afuera_ me interrumpió.
Nos quedamos en silencio.
Mientras agarraba la toallita de papel para secarme la cara, me preguntó:
—¿Siempre discutís con desconocidos en baños públicos?
—Solo cuando dicen que otro sabe demasiado a la vez que no confían en su propia capacidad —le contesté.
Soltó una risita breve, divertida.
—Nunca dije eso.
—Lo pensaste.
Entró en el cubículo del inodoro. Me miró y no dijo nada. Tan solo cerró la puerta.
El clic del pestillo sonó fuerte. Me pregunté si habría cerrado con violencia porque estaba molesta por mi intromisión.
Yo empecé a ponerme base. Claramente mi cara necesitaba color.
Máscara de payaso, me dije para mis adentros.
Ahora rímel. Que se note que me quedan pestañas. Y que son negras como el carbón.
Sí, soy exigente. Especialmente conmigo misma.
Máscara de payaso, me repetí.
La luz blanca del baño siempre es cruel. Quizás así de crueles sean todas las luces. Deseaba estar en mi casa, acostada debajo de veinte frazadas, con la cabeza debajo de la sábana y el aliento dándome calor. Y, sobre todo, estar a oscuras y en silencio.
Silencio, silencio… y en ese pensamiento callado surgió de nuevo su voz.
—¿Sabés qué pasa? —dijo desde adentro del cubículo—. Me molesta darme cuenta de que todos entendieron algo y yo no. Claro que no soy la única, pero soy la única a la que le importa. Y ahí está toda la diferencia. Me pregunto si siempre fue así, si va a ser así toda la vida, si en algún momento cambiará. Y siento que no depende de mí.
No supe qué decirle. Me quedé callada.
Cuando salió del cubículo tenía los ojos rojos.
Pasó al lado mío sin mirarme.
Antes de abrir la puerta dijo:
—Igual gracias.
—¿Por qué? —pregunté.
—Porque generalmente la gente prefiere no hablarme.
Y se fue.
Me quedé sola frente al espejo que me seguía maltratando.
La planta del pie todavía me dolía.
Pensé que tal vez el cuerpo inventa dolores pequeños para distraernos de otros más grandes.
P.D. En agosto vuelve Literatura en el Umbral: Habitar la noche.
Muchas veces una historia no empieza con una conversación escuchada por casualidad.
O con un dolor que parecía estar en otra parte.
Eso es lo que vamos a leer y escribir juntos.
No vamos a escribir sobre la noche. Vamos a entrar en ella.
Es acá: https://marinaboschi.gumroad.com/l/noche



Me encanta, la reacción de la chica que vuelve a hablar con el «sabes que pasa?». Es el vivo reflejo de todas aquellas ocasiones que nos hemos marchado dando por cerrada una conversación y a la que le das un par de vueltas más en tu cabeza te das cuenta que te quedaste a medias y que tenías más cosas que decir.
Lo de “yo soy afuera” se queda clavado.
Porque ahí ya no está hablando de química.
Está hablando de sentirse siempre en el margen.
Rosenthal y Jacobson hicieron en 1968 un experimento famoso sobre el efecto Pigmalión: cuando un profesor espera más de un alumno, muchas veces ese alumno acaba rindiendo más.
No por magia.
Porque cambia cómo lo mira, cómo le habla y qué margen le da para crecer.
A veces exigir no es apretar.
Es decirle a alguien, aunque no lo sepa todavía: puedes llegar más lejos de lo que crees.
Y eso, en un baño público cualquiera, puede pesar más que una clase entera.